Ambiente

CÓMO AYUDAN LAS BALLENAS A ENFRENTAR LA CRISIS CLIMÁTICA GLOBAL

02 de Febrero del 2022 | 2 min lectura| Roberto Andres
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Aunque ocupan una pequeña porción de la biomasa total de los océanos, las ballenas son fundamentales para la salud del ecosistema marino. Además de facilitar la transferencia de nutrientes necesarios para otras especies, las ballenas vivas almacenan dióxido de carbono (CO2) durante décadas en sus inmensos cuerpos y, al morir, lo sepultan por cientos o miles de años en la profundidad del océano, lejos de la atmósfera. Pese a que la caza de estos cetáceos está prohibida desde 1984, en la actualidad los ecosistemas marinos almacenan menos carbono y han sumado más problemas. 

LOS GRANDES ÁRBOLES OCEÁNICOS QUE CAPTURAN CARBONO

“Debido a su gran tamaño y pocos depredadores, las ballenas y otros grandes vertebrados marinos pueden exportar carbono de manera eficiente desde las aguas superficiales hacia las profundidades del mar”, explican Andrew Pershing y otros en un trabajo de 2010 financiado por el Programa de Ciencias Aplicadas de la NASA. Por su tamaño y potencial para almacenar CO2 durante muchos años, las ballenas son a los océanos lo que los grandes árboles a los bosques nativos.


Según detalla Alejandro Fernández Ajó, investigador del Instituto de Conservación de Ballenas de Argentina, “la cantidad de hierro contenida en las heces de las ballenas puede ser 10 millones de veces mayor que el nivel de hierro en el medio marino. Esta fertilización provoca importantes floraciones de fitoplancton, que a su vez secuestran miles de toneladas de carbono y liberan gran cantidad de oxígeno a la atmósfera anualmente, actuando como verdaderos bosques en los océanos”.

Esta “magia” ocurre en la zona eufótica, una capa marina poco profunda donde penetran los rayos solares de los que se alimenta el fitoplancton. Este aporte es significativo, pero no se compara con el CO2 acumulado en el cuerpo de un animal longevo: mientras el fitoplancton se mide en días, las ballenas pueden vivir durante décadas y retener el CO2 fuera de la atmósfera durante todo su ciclo vital.

SÍ, SALVEN A LAS BALLENAS

Con el fin de la caza industrial de ballenas no se acabaron los problemas para estos grandes mamíferos. Aunque hay indicadores de recuperación, su biomasa es inferior al 25 % respecto de los niveles previos. No todas las poblaciones lo sufrieron igual: entre las más afectadas están las ballenas azules en el océano antártico, que se redujeron más del 99 %.

Tras casi cuatro décadas de la suspensión de la caza, muchas especies que estuvieron al borde de la extinción dan señales de recuperación: el número de ballenas azules crece cerca de las islas Georgias del Sur, aumentan las jorobadas en el oeste de la Antártida, las de Groenlandia podrían alcanzar el número previo a la caza masiva y las Minke y de aleta fueron avistadas otra vez cerca de Alaska. En el mar argentino habitan varias especies de cetáceos: la ballena franca austral, la azul, la jorobada, los cachalotes y las Minke.

Hoy solo Noruega, Islandia y Japón hacen caza comercial en sus zonas económicas exclusivas. Se calcula que mil ballenas son capturadas al año, una cifra mucho menor a los cientos de miles en el período de mayor intensidad. Entre otros peligros para estos grandes mamíferos marinos, en las últimas décadas se sumaron la crisis climática, la sobrepesca -que reduce sus fuentes de alimento-, los choques con barcos y la contaminación humana en varios niveles: desde redes y artes de pesca que terminan enredados en ballenas y delfines hasta el sonido de grandes embarcaciones o prospecciones sísmicas en busca de hidrocarburos, como la que aprobó el Ministerio de Ambiente en diciembre de 2021 en la cuenca norte del mar argentino.

BALLENAS SANAS, OCÉANOS SANOS

Sin tantas ballenas para almacenar CO2, una parte la compensó el aumento de sus competidores más pequeños. Sin embargo, los especialistas advierten que estos no son tan eficientes: además de tener tasas de depredación más altas –que hacen que gran parte del flujo potencial se pierda gracias al consumo– y necesitar más alimento por unidad de masa, un cambio hacia animales más pequeños podría disminuir la biomasa total de la comunidad en un 30 % o más.

Con ballenas sanas, océanos sanos. Estos ecosistemas absorben más del 90 % del calor liberado por la quema de combustibles fósiles y un tercio del CO2 excedente. “Trabajar para la conservación y la restauración de las poblaciones de las grandes ballenas tiene también implicancias directas en la protección de los ecosistemas marinos de las amenazas de origen antrópicas, como por ejemplo las emisiones de CO2 y el cambio climático global”, recalca Fernández Ajó.

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