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ISLAS DE PLÁSTICO, UN FLAGELO SIN SOLUCIÓN

15 de Diciembre del 2014 | 2 min lectura| fede
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Islas de plástico, un flagelo sin solución. Moldeable, resistente, impermeable, imperecedero, económico… el que fuera uno de los materiales estrella del siglo pasado se ha convertido hoy en un verdadero problema a escala planetaria. Fabricamos y utilizamos todo tipo de objetos plásticos desde hace apenas dos o tres generaciones, pero el aluvión de residuos que hemos generado es descomunal. Se estima que desde 1950 se han producido unos 6.000 millones de toneladas de este material, suficiente como para cubrir todo el planeta con una envoltura de plástico.

Hay restos plásticos de diversa índole en todos los océanos del mundo, y aunque la magnitud global de esta contaminación es aún una incógnita, las muestras obtenidas durante la Expedición Malaspina que el CSIC llevó a cabo en 2010 apuntan que la cantidad de plástico que hay en los océanos es de decenas de miles de to­­neladas, y que cantidades todavía mayores están siendo transferidas desde la superficie a los organismos marinos y a aguas más profundas.

Hasta ahora se había documentado la existencia de acumulacio­nes de plástico en las zonas centrales del Pacífico Norte y el Atlántico Norte. «Pero la Expedición Malaspina ha demostrado la existencia de cinco grandes acumulaciones de residuos plásticos en el océano abierto, dos en el hemisferio Norte y otras tres en el Pacífico Sur, Atlántico Sur e Índico», añade. Estos cúmulos son generados por la circulación superficial de las aguas marinas, organizada en torno a cinco grandes giros que actúan como cintas transportadoras. «Estas recogen el plástico flotante procedente de los continentes y lo agrupan en las zonas centrales de las cuencas oceánicas. A lo largo de ese recorrido, los objetos se resquebrajan y se fragmentan debido a la radiación solar, pero los trozos más pequeños, llamados microplásticos, son bastante es­­tables y duraderos y pueden perdurar varios centenares de años», explica el científico.

A estas acumulaciones flotantes de residuos se las llaman islas de plástico, y generan inmenso impacto en la fauna marina, las Islas Aleutianas son ejemplo de ello.

Hoy resulta chocante recordar que el primer material plástico se inventó para defender el medio ambiente. Fue durante la segunda mitad del siglo xix, cuando el billar era el juego de moda entre la alta sociedad estadounidense y europea. El acopio de marfil necesario para fa­­bricar las bolas desató una matanza indiscriminada de elefantes, en especial en Ceilán, donde, según denunció el Times en aquellos años, más de 3.500 ejemplares fueron abatidos en tres años.

Por suerte, en 1863 un proveedor de bolas de billar neoyorquino prometió una fortuna a quien propusiera una buena alternativa. Y el inventor John Wesley Hyatt aceptó el reto. Tras pasarse años trabajando con diversas mezclas fallidas, en 1869 consiguió el primer material plástico de la historia: el celuloide, una mezcla de celulosa, etanol y alcanfor que, aunque al principio no resultó idónea para fabricar bolas de billar, revolucionó la industria del cine y la del peine, la cual hasta entonces se abastecía de otro material poco sostenible a largo plazo: los caparazones de las tortugas. Tras el plástico de origen natural de Hyatt vinieron muchos más, completamente sintéticos –la baquelita fue el primero– y casi eternos.

El capitán californiano Charles Moore en 1997, a bordo de su buque oceanográfico Alguita, vislumbró bajo el casco una aglomeración tan brutal de residuos que puso en alerta a la comunidad internacional. Aunque su existencia ya había sido predicha por la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) nueve años antes, Moore fue el primero en observar in situ una de esas «sopas».

Desde entonces se ha dedicado a divulgar el problema y a documentar la dimensión de estas grandes áreas donde confluyen los residuos formando inmensas islas flotantes de basura compuestas por fragmentos de todos los tamaños, a veces tan diminutos que son difíciles de ver a simple vista. Unos minúsculos cachitos que los animales confunden con el zooplancton.

Así, de forma aberrante, el plástico ha pasado a formar parte de la cadena alimentaria marina. Percebes, peces, tortugas, cetáceos, aves marinas… Se calcula que más de 600 especies ingieren por error pedazos de plástico que confunden con alimento. Unos lo hacen tragándoselos directamente; otros, cuando depredan sobre los anteriores. Aunque, ya sea por sus costumbres alimentarias o por el lugar donde habitan, hay animales que se ven más afectados que otros por la oceánica. grandes giros de circulación de agua superficial. Cuando los adultos ceban a sus polluelos con lo que ellos creen que son pequeños fragmentos comestibles, sentencian sin saberlo el futuro de sus propios descendientes. Pero los efectos de los residuos plásticos sobre la biodiversidad van más allá de las áreas donde confluyen cada uno de los cinco giros. También en el Mediterráneo los plásticos proliferan en el estómago de nuestras aves marinas, como evidencia el estudio realizado por un equipo del Departamento de Biología Animal y del Instituto de Investigación de la Biodiversidad, de la Universidad de Barcelona, dirigido por Jacob González-Solís.

¿Qué hacer ante tamaño problema? La solución no es nada fácil.

  • En primer lugar porque los costes de retirar esas exorbitantes cantidades de desperdicios es inasumible para cualquier nación, y encima esas aglomeraciones se hallan en tierra de nadie.
  • En segundo lugar, porque a cada minuto que pasa la cantidad de plásticos en el mar va aumentando sin parar, ya que los humanos seguimos tirando nuestros desperdicios de forma incontrolada desde todos los puntos del planeta.

¿Deberemos esperar la aparición de un mecenas que patrocine la mejor idea para remediar esta preocupante situación? «La retirada selectiva de residuos en playas y costas es una medida factible –apunta Andrés Cózar–. Existen prototipos diseñados para retirar de la superficie en el océano abierto. Pero desde luego, para solucionar este asunto es necesario llegar a la raíz del problema, que es la entrada masiva y continua de residuos en los océanos.

Revertir los daños causados hasta el presente es un deber ineludible. No solo por cuestiones éticas, sino porque, como dijo Woody Allen, el futuro debería preocuparnos porque es donde vamos a pasar el resto de nuestra vida.

Por suerte, hay ciudadanos que ya luchan por ello.

Limpiarla cantidad bestial de basura que nosotros hemos generado, es posible. Pues hagámoslo. Antes de que las «plastirrocas» se apoderen del registro geológico y los «plastipeces» invadan nuestros platos.

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